VIAJES

2 días en Estambul (I)

Tiempo de lectura: lo que tardas en escuchar "Love Story", de Indila.

Normalmente, cuando viajo me gusta apuntarme lugares a los que ir, restaurantes que probar, fotos que hacer… Y no sé si te pasa a ti también, pero cuando no logro hacer todo lo que me había propuesto, me frustro, porque tengo las expectativas altísimas. Por eso, en este viaje he querido hacer el experimento de irme a la aventura sin saber nada de lo que me espera. Me voy a dejar llevar por Gemma y Esther, que ya han estado antes en Estambul y se han encargado de organizarlo todo (qué morro tengo… XD).

Aunque solo tenemos dos días para ver todo lo que tiene que ofrecer esta gran ciudad con más de 14 millones de habitantes, vamos a disfrutar al máximo de ella, de sus edificios, sus calles, su gente y su comida.

Día 1

A las 9:00 h llegamos a la estación de Sirkeci. Sabes que estás en Estambul cuando empiezas a ver escaparates llenos de lokum y baklava, los carritos a rayas rojas y blancas que venden tulumba, simit o castañas inundan las calles y a cada paso que das, encuentras algo nuevo que probar.

Montañas de lokum. Si has leído la entrada Sabores de Turquía, seguro que sabes qué es.

Lo primero que quiero hacer es comprarme un fular, no me he traído ninguno con la idea de comprármelo aquí como souvenir y usarlo cuando entremos a las mezquitas. Llegamos a una calle estrella llena de restaurantes y tiendas [Tarihi Hocapaşa Lokantaları] y entramos en una de las primeras que vemos. Pasamos un buen rato decidiéndonos por uno, mientras hablamos con el dueño, que nos explica cómo debemos regatear y cómo se pronuncia correctamente “merhaba”.

Vamos admirando a derecha e izquierda las tiendas forradas de alfombras, de cerámicas y de lámparas de mil colores. Parece que llevamos un cartel de “españolas” en la frente, porque en todos los restaurantes nos reclaman a la pregunta de: “¿españolas?”. Los que tienen menos ojo nos preguntan si somos italianas.

Seguimos subiendo la calle hasta que, de repente, nos topamos con el impresionante museo de Santa Sofía [Ayasofya], que se construyó originalmente como iglesia y, tras la conquista de Estambul por el Sultán Mehmed II, fue convertida en mezquita.

Atravesamos unos enormes jardines adornados por tulipanes de colores y llegamos a la Mezquita del Sultán Ahmed, conocida también como Mezquita Azul. A la derecha encontramos el mausoleo que alberga las tumbas [türbesi] del Sultán Ahmed y sus familiares. En todos los edificios sagrados debemos, además de cubrirnos la cabeza, descalzarnos y llevar los zapatos con nosotros dentro de una bolsa de plástico que nos dan en la entrada.

Salimos y nos sentamos para asimilar la belleza del interior de la mezquita… y para ponernos los zapatos. Nos damos cuenta de lo bien que nos queda el pañuelo y decidimos seguir el camino con él puesto.

Caminamos hacia la plaza Sultán Ahmed, que está justo al lado de la mezquita y es el antiguo Hipódromo de Constantinopla, donde se hacían las carreras de carros y caballos. Aquí vemos tres monumentos, la columna de las serpientes y dos obeliscos, el de Teodosio y Constantino. Esther nos cuenta que el obelisco de Constantino antes estaba cubierto de placas de bronce, pero que fueron robadas y fundidas.

Parada técnica para descansar… que no veas cómo cansa esto de viajar. Nos comemos unas mandarinas que Gemma trajo de Alzira. ¡Menudo viaje se han pegado también las mandarinas! Pero ¿y lo buenas que están?

La siguiente parada es el Gran Bazar. Decidimos ir en tranvía, subimos y ¡ostras! ¿Era una parada o dos? En la siguiente parada salimos y entramos varias veces, no nos decidimos, al final se cierran las puertas… ¡Ups! Esther y Gemma se quedan fuera y yo sigo dentro. Las saludo mientras me alejo y pongo cara triste para darle dramatismo al momento. La gente me mira pensando “pobrecita” y me indican cómo reunirme con ellas de nuevo. No pasa nada, digo, ya nos veremos en la próxima parada que es en la que deberíamos haber bajado todas.

Después de unos minutos llegan a mi parada y nos reímos, tampoco ha sido para tanto. ¡Vamos a vivir la experiencia del Gran Bazar! Ya en la entrada, aprendemos dos nuevas palabras: giriş /guirísh/ y çıkış /chíkish/. Entrada y salida. Pregúntale a Esther por su regla mnemotécnica, no tiene desperdicio.

“Es posible que nos perdamos”, me dicen, “aquí la gente pasa horas dando vueltas por el mismo sitio y ni se da cuenta”. El sitio es bonito, pero no quiero pasarme el resto de mi vida vagando por sus calles sin encontrar la salida…

Una vez dentro te dejas llevar por el ambiente de los negociantes, que te ofrecen té y delicias turcas a derecha y a izquierda. Pues nada, ya hemos almorzado y vamos cargadas de varios lokum.

Logramos encontrar la salida y justo coincidimos con uno de los rezos del día, de repente solo se escucha silencio en las calles y el rezo del imán a través de los megáfonos que hay por la ciudad. Vemos que las personas que están trabajando, salen a la calle, estiran su alfombra y se ponen a rezar sobre ella en medio de la acera. Nos impacta.

Seguimos caminando hacia la Mezquita de Solimán [Süleymaniye Camii], la más grande de la ciudad y desde la que se tienen las mejores vistas del Bósforo, la parte asiática de la ciudad y el cuerno de oro.

En el interior hay voluntarios que te informan sobre la historia de la mezquita y te dan información sobre el islam, cuando entramos nosotras da la casualidad de que los voluntarios también hablan español.

Después de tanto andar, ya es hora de comer y descansar. Vamos a una lokanta, un restaurante tradicional turco, y veo unas köfte y un pilav de bulgur que tienen buena pinta. ¡Me los pido! El puré de patata me dice: “cómeme” y, al final, acabo con tres platazos de comida por 36,5 liras turcas/5,40 €. Cuando terminamos, pedimos un Sütlaç y un Kadayif para compartir y más tarde viene un camarero y nos ofrece té gratis. ¡Me encanta esta costumbre!

Madre mía, me está entrando hambre de pensar en lo bueno que estaba.

Venga, toca levantar el culo de la silla e ir a pasear por el Bazar de las Especias [Mısır Çarşısı]. Descubrimos puestos de especias que no conocíamos, tipos de dátiles que nunca habíamos visto antes y una de las frases del viaje: “la belleza está en los ojos del que mira”.

Nuestro paseo continúa por el Puente Gálata [Galata Köprüsü], que está lleno de pescadores, de puestos de tulumba y de mejillones. ¡Sí, has leído bien, mejillones! Son tan típicos que suelen comerlos cuando vuelven de fiesta. Un día nos encontramos con un grupo de chicos en un parking comiendo mejillones en el maletero de su coche, en plan botellón.

Toca jugarse la vida. Tenemos que cruzar la calle, pero no hay pasos de peatones ni semáforos, vienen coches y camiones, pero paran para dejarnos pasar, no tocan el claxon ni nos insultan. Por un momento siento que conductores y peatones nos escuchamos sin decirnos nada, que estamos en armonía. Madre mía, menuda poesía le he metido para decirte que hemos cruzado por donde no tocaba…

En el Puente Gálata todo lleno de pescadores.
¡Felicidad absoluta! 🙂

Subimos una calle llena de tiendecitas y dato random del día: me compro unos calcetines con gatos de la suerte, porque el dependiente es muy majo y me recuerda a Daniel Brühl. Llegamos a la zona de la Torre de Gálata [Galata Kulesi] y ya se va viendo mucho ambiente. Parada técnica para tomar algo y entrar en calor. Entramos tanto en calor que ya no hace frío y todo nos hace gracia. XD

Y hasta ahí puedo escribir. Cuando llegamos al hostal, Second Home Hostel, caemos rendidas en nuestras camitas de la casa de la pradera. ¡Mañana más!

Nuestras literas con cortinitas

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